POR: Carlos LÓPEZ
La designación de Carlos Torres Piña como coordinador estatal de Defensa de la Transformación y la Soberanía puso fin a la competencia interna de Morena, pero abrió una nueva etapa: la construcción de acuerdos dentro del partido y con sus aliados de la Cuarta Transformación.
La contienda interna terminó. Ahora, el desafío ya no está en medir fuerzas, sino en integrar expresiones, restablecer canales de comunicación y procesar las diferencias que dejó el proceso. El reto alcanza a los distintos grupos de Morena, pero también al Partido del Trabajo (PT) y al Partido Verde Ecologista de México (PVEM), fuerzas que cuentan con estructuras, intereses y aspiraciones propias rumbo a 2027.
Cuando Torres Piña sostiene que “la unidad no se decreta, se construye”, coloca sobre la mesa precisamente el desafío que enfrenta. La frase tendrá que trascender el discurso y convertirse en operación política, diálogo y acuerdos. La unidad no puede reducirse a una fotografía conjunta o a un llamado a cerrar filas después de una definición interna.
El primer reto está a la vista.
Reginaldo Sandoval, dirigente del PT en Michoacán, dejó abierta la posibilidad de que su partido abandone la alianza y compita con una candidatura propia en 2027.
“No es que estemos inconformes, es que este es el proceso de Morena; el nuestro está en curso”, señaló el dirigente petista, quien además recordó que existe el acuerdo de realizar una “encuesta espejo” en aquellos casos donde no haya coincidencias, procedimiento que, según su postura, aún no está resuelto.
La diferencia política existe y sería un error minimizarla. Sin embargo, hasta ahora no se ha concretado una ruptura formal. El PT mantiene una posición crítica y busca conservar margen de decisión, mientras los canales de negociación permanecen abiertos y las dirigencias nacionales todavía tienen espacio para intervenir.
Desde Morena, Carolina Rangel, secretaria general del partido, ha planteado la necesidad de integrar a quienes participaron en el proceso interno y preservar la unidad después de la designación. En esa misma línea se han pronunciado Ariadna Montiel y Citlalli Hernández.
El mensaje político es claro: la definición de una coordinación no puede convertirse en el origen de nuevas fracturas.
En este escenario será determinante el papel de Torres Piña. El nuevo coordinador tendrá que establecer comunicación con el PT y el PVEM, no solamente mediante encuentros protocolarios entre aliados, sino a través de una negociación política sobre las condiciones de la coalición, la distribución de responsabilidades y la ruta electoral hacia 2027.
El PT busca ser escuchado y tomado en cuenta. Su aspiración no parece limitarse a acompañar una candidatura definida desde Morena, sino a participar en las decisiones y conservar espacios de representación.
Atender esa demanda no necesariamente implica ceder el control de la alianza, pero sí reconocer que una coalición requiere acuerdos entre sus integrantes y condiciones que permitan mantenerla cohesionada.
A este escenario se suma la consulta anunciada por el bloque del exaspirante Raúl Morón para definir su postura. Su ruta dependerá de lo que determinen sus estructuras, de las conversaciones entre las dirigencias y, principalmente, de la capacidad de los distintos actores para encontrar puntos de coincidencia después de una competencia interna prolongada.
Torres Piña llega a esta etapa con la legitimidad derivada de su designación como coordinador, pero esa condición, por sí misma, no resuelve las diferencias.
Su liderazgo también estará marcado por la manera en que incorpore a quienes respaldaron otros proyectos dentro de Morena y por su capacidad para mantener abiertos los canales de diálogo con las distintas fuerzas que integran el bloque de la Cuarta Transformación.
El debate, por ahora, ya no está en quién ganó el proceso interno de Morena. La discusión se traslada a otro terreno: cómo se reorganizará el bloque político rumbo a 2027, qué papel tendrán sus aliados y hasta dónde será posible construir una candidatura respaldada no sólo por acuerdos entre dirigencias, sino por una coalición política cohesionada.
La unidad no significa ausencia de diferencias. Implica capacidad para procesarlas mediante el diálogo y los acuerdos antes de que se conviertan en rupturas.
Ese es, a partir de ahora, uno de los principales desafíos políticos de Carlos Torres Piña.







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